Murió “Cacho” Castaña, un ícono de la música popular porteña
Estaba internado desde hacía varios días por una afección pulmonar. Fue uno de los artistas más emblemáticos de la cultura popular.
Cacho se fue como vivió: sin pedir permiso y dejando olor a noche porteña en el aire.
A Cacho Castaña lo encontraron esta mañana, con 77 años encima y una vida que había exprimido hasta la última gota. Venía peleando hacía días en el Sanatorio Los Arcos, en Buenos Aires, por un tema pulmonar. Otra internación más, una de tantas… pero esta vez no volvió.
Porque si algo tenía Cacho era eso: se caía y se levantaba. Lo internaban y al mes lo tenías llenando un teatro en la calle Corrientes, con la camisa abierta hasta el ombligo, los collares bailándole en el pecho y esa pinta de anti-dandi que lo hacía único. Tenía más testosterona que pudor, y eso ya es decir bastante.
El pelo, las patillas, el pecho al aire… mirarlo era como ver una declaración de principios. Un tipo que nunca quiso parecer otra cosa. Porteño de manual, de esos que no conocen la distancia corta: te hablaba y ya estaba adentro de tu mesa.
La salud lo venía castigando fuerte. EPOC, problemas cardíacos, internaciones que ya ni se contaban. Pero él hablaba de la muerte como quien habla de una siesta. “Estuve en coma y era como dormir”, tiraba, con esa mezcla de guapo y resignado.
Había pasado por todo. Drogas, excesos, noches largas. De la cocaína salió. El cigarrillo le costó más; lo dejó cuando ya no le quedaba otra, con una cánula ayudándolo a respirar. Igual, nunca perdió ese tono de tipo que ya vivió todo y está medio de vuelta: “Estoy harto… en cualquier momento largo”, decía. Y no sabías si hablaba del escenario o de la vida.
En las entrevistas era un anfitrión de esos que te abrazan sin avisar. Te hacía sentir cómodo, te palmoteaba como si te conociera de toda la vida y salías creyendo que eras su amigo. Respondía cualquier cosa, sin filtro, sin red.
Porque Cacho no conocía el pudor. Era vulgar en el mejor sentido: popular, directo, de calle. Un sobreviviente. Mezclaba lo artístico con lo terrenal sin esfuerzo, como si todo fuera parte del mismo tango.
Había nacido Humberto Vicente Castagna, pero eso quedó en los papeles. Para el mundo fue Cacho desde el primer día. Criado entre zapatos —sus viejos eran zapateros—, piano desde chico, después el sacudón de Elvis y Los Beatles. Y de ahí, su propia mezcla: tango, bolero, noche y barrio.
En los últimos años se habló más de su vida que de su obra. Enfermedades, romances con mujeres más jóvenes, historias que agrandaban el mito. Incluso coqueteó con el umbandismo, como quien prueba otra esquina de la noche.
Se casó tres veces, amó varias más. Siempre con esa filosofía medio cruda: la convivencia se desgasta, la rutina mata. Y él no era hombre de rutina.
También tenía ese don —o esa impunidad— que comparten pocos: estar más allá del bien y del mal. Como Maradona, Susana, Mirtha o Charly. Decir lo que quería, equivocarse fuerte y seguir adelante igual.
Porque sí, también derrapó. Frases que hoy no pasan, escándalos, pedidos de disculpas. “Para derrapar, cuenten conmigo”, dijo una vez, medio en broma, medio en serio. Era eso también.
Musicalmente fue un animal raro: podía escribir “Café La Humedad” y también “El ladrón”. Tango y bailanta sin culpa. Admiraba al Polaco Goyeneche, a quien le dedicó “Garganta con arena”. Y no renegaba de nada: “Si no las canto, la gente me mata”, decía.
Grabó más de 1500 canciones. Algunas quedarán para siempre. Otras son puro barrio, puro momento. Pero todas son Cacho.
Hincha de San Lorenzo, seductor crónico, amigo de la noche y de las historias exageradas. Decía haber tenido 500 mujeres. Capaz eran menos, capaz eran más. A esta altura, qué importa.
Nunca se metió demasiado en política. Le aburría. Prefería lo poético, lo literario, lo que se podía cantar.
Hoy lo velan en la Legislatura porteña. Primero los íntimos, después la gente. Esa gente que siempre estuvo ahí, incluso cuando él tambaleaba.
Y si hay que imaginar una despedida, probablemente no le hubiera dado mucha vuelta:
“Pongan lo que quieran en la lápida… total, no la voy a leer”.
Así era Cacho. Una de cal, otra de arena. Y siempre, siempre, de Buenos Aires.

