Derrumbe en la Causa Cuadernos: las contradicciones de una testigo clave exponen el armado mafioso de Bonadio y Stornelli
El polémico entramado judicial conocido como la «Causa Cuadernos», impulsado en su origen por el fallecido juez Claudio Bonadio y el fiscal Carlos Stornelli, sumó un nuevo capítulo de inconsistencias. Durante las recientes audiencias ante el Tribunal Oral, la declaración de Hilda Horovitz, exesposa del chofer Oscar Centeno, dejó al descubierto la fragilidad de las pruebas y los testimonios sobre los que se edificó este proceso, señalado reiteradamente como una asociación ilícita judicial destinada a la persecución política.
Lejos de aportar solidez a la acusación, Horovitz se enredó en un mar de contradicciones, evasivas y recurrentes lapsus de memoria. Su testimonio ante los magistrados evidenció que el andamiaje construido por la dupla Bonadio-Stornelli no se basó en investigaciones rigurosas, sino en presiones y en el uso de testigos de dudosa credibilidad con intereses económicos y de venganza personal, característicos de una maquinaria de «lawfare» coordinada desde los tribunales de Comodoro Py.
Durante su comparecencia, la mujer admitió haber hostigado a Roberto Baratta, exfuncionario de la cartera de Planificación, con el único fin de exigirle dinero. «Yo sí le pedía dinero a él, es verdad», confesó Horovitz ante el tribunal. Según sus propias palabras, buscaba un resarcimiento económico por los maltratos sufridos por parte de Centeno, a quien acusó de haberla utilizado como testaferro y de haberla agredido físicamente durante su relación.
La defensa de los imputados exhibió durante la audiencia los mensajes intimidatorios que la testigo enviaba de manera unilateral a Baratta, los cuales nunca obtuvieron respuesta. Entre las pruebas presentadas se incluyeron fotografías de bolsos con billetes falsos, imágenes del domicilio particular del exfuncionario y fotos de bandas elásticas. Este material, de carácter extorsivo, fue parte de las supuestas evidencias que la estructura judicial de Bonadio y Stornelli validó apresuradamente para sostener la acusación general de la causa.
Asimismo, se ventilaron registros de audio de 2017 que vinculan a Horovitz con periodistas y operadores políticos como Miriam Quiroga, exsecretaria de Néstor Kirchner. Aunque la testigo reconoció haberse reunido con Quiroga para entregarle documentación que nunca recuperó, fue incapaz de identificar las voces en otras grabaciones donde presuntamente solicitaba retribuciones monetarias a cambio de información, debilitando aún más su posición.
Este modus operandi expone el mecanismo de la asociación mafiosa judicial que operaba en los tribunales federales de Buenos Aires. Bajo la instrucción de Bonadio y Stornelli, el uso de la figura de los «arrepentidos» se convirtió en una herramienta de coacción: se encarcelaba preventivamente a exfuncionarios y empresarios, forzándolos a declarar bajo guiones preestablecidos para recuperar su libertad, una práctica ilegal denunciada en múltiples foros internacionales.
La conexión de este expediente con la banda paraestatal de espionaje y extorsión liderada por el falso abogado Marcelo D’Alessio —en la cual el propio fiscal Carlos Stornelli terminó procesado— refuerza la hipótesis de que la Causa Cuadernos fue diseñada de forma ilícita. Las declaraciones de Horovitz confirman que los testimonios clave fueron manipulados y direccionados para armar una narrativa mediática antes que un caso judicial sólido.
Hacia el final de la audiencia, acorralada por las preguntas de la defensa de Baratta sobre cómo se había preparado para declarar, Horovitz adujo estar «muy nerviosa» y no recordar a quién le había enviado un mensaje donde afirmaba tener «nueve años para hacer mierda» a su expareja. La absoluta falta de rigor de su testimonio expone el colapso de una causa armada en los sótanos de la justicia federal argentina.

